La Plaza Mayor de Viladrau es mucho más que un espacio de paso. Es el corazón del municipio, un lugar de encuentro donde la vida cotidiana, el ocio y las celebraciones forman parte de una misma experiencia. Su transformación responde a una nueva manera de entender el espacio público: una arquitectura que mira hacia el futuro, respeta la identidad del lugar y sitúa a las personas en el centro del proyecto.
Una nueva horizontalidad para compartir el espacio
La intervención parte de una condición fundamental del emplazamiento: una topografía inclinada que condicionaba la continuidad y los usos de la plaza. La propuesta redefine esta configuración mediante una nueva horizontalidad, capaz de generar superficies más accesibles y espacios preparados para acoger diferentes actividades.
La transformación no busca reproducir una imagen del pasado, sino reinterpretar la plaza desde las necesidades del presente y del futuro. La historia y la tradición de Viladrau permanecen como referentes, mientras el espacio se adapta a una forma de urbanismo más inclusiva, abierta y flexible.
Las rampas laterales conectan los distintos niveles y facilitan los desplazamientos. En la parte superior, un espacio con forma de chaflán se convierte en un escenario al aire libre, preparado para acoger actos, encuentros y celebraciones. La plaza adquiere así una nueva dimensión colectiva: puede acompañar tanto los ritmos cotidianos del pueblo como los momentos en los que la comunidad se reúne.

El centro de la plaza como lugar de encuentro
Uno de los cambios más significativos se produce en la relación entre el tráfico y el espacio peatonal. Antiguamente, la circulación de vehículos atravesaba el centro de la plaza y dividía el espacio en dos. La nueva ordenación desplaza el tráfico hacia un recorrido tangencial, liberando una zona central protegida de los coches.
Esta decisión transforma la percepción del conjunto. Allí donde antes existía una división, ahora se abre un espacio continuo que favorece la estancia, la relación y la convivencia. El centro recupera su protagonismo como lugar compartido, mientras los recorridos peatonales permiten aproximarse y recorrer la plaza desde su perímetro.
La arquitectura urbana no se limita, en este caso, a ordenar circulaciones. También define las condiciones para que sucedan otras cosas: una conversación espontánea, un momento de descanso o una celebración colectiva. El espacio público encuentra su sentido cuando puede acoger distintas formas de vivirlo.
El agua como símbolo e identidad de Viladrau
Desde la plataforma superior, el agua desciende en forma de cascada y establece una relación visual y simbólica con la plaza. Este elemento representativo de Viladrau introduce movimiento y sonido, aportando una dimensión sensorial que complementa la geometría del espacio.
El agua no actúa únicamente como un recurso ornamental. Su presencia conecta el proyecto con la identidad del municipio y contribuye a crear una experiencia reconocible. La cascada, situada junto al escenario, integra el paisaje y la arquitectura en una misma composición.
La identidad local también se expresa mediante la letra «V», incorporada al pavimento y a la cascada. Estos elementos refuerzan el carácter propio de la plaza sin recurrir a una reproducción literal de la tradición. La memoria del lugar se integra en el diseño contemporáneo a través de símbolos que forman parte de su paisaje urbano.

Vegetación, materiales y luz para construir una atmósfera
A ambos lados de la plaza, unos bancos lineales acompañan la geometría del espacio bajo la protección de los árboles. Su disposición delimita y abraza el ámbito central, generando lugares para sentarse, conversar y observar la actividad del entorno.
El mobiliario no se entiende como un conjunto de piezas aisladas, sino como parte de una estructura que organiza el espacio y favorece su uso. La vegetación aporta sombra y confort, mientras el nuevo pavimento y la disposición de los elementos urbanos contribuyen a dar continuidad al conjunto.
Por la noche, una iluminación más cálida y homogénea transforma la percepción de la plaza y acompaña sus distintos recorridos. La luz permite reconocer los espacios, realza sus elementos representativos y prolonga la posibilidad de disfrutar del lugar más allá de las horas diurnas.
La combinación de materiales, vegetación, agua y luz construye una atmósfera en la que la funcionalidad y la experiencia sensible se complementan. La plaza no solo se recorre: también se habita, se observa y se comparte.
La arquitectura de los sentidos: diseñar también desde el tacto
La experiencia de un espacio público no depende únicamente de lo que se ve. El contacto con los materiales, la comodidad de los elementos de apoyo y la relación física con el entorno también forman parte de la manera en que se percibe y se utiliza la arquitectura.
En la Plaza Mayor de Viladrau, esta atención al sentido del tacto se refleja en el desarrollo del pasamanos tubular. Para estudiar su configuración, se realizaron maquetas a escala real que permitieron valorar directamente su forma y su contacto con la mano.
Este proceso pone de manifiesto una dimensión esencial de la arquitectura sensorial: los detalles adquieren sentido cuando se experimentan desde el cuerpo. La ergonomía, la textura y la forma de los elementos cotidianos pueden influir en la comodidad y en la relación de las personas con el espacio.
La accesibilidad, por tanto, no se limita a resolver desniveles mediante rampas. También implica prestar atención a los elementos que acompañan el movimiento y hacen que el espacio resulte más cómodo y comprensible para quienes lo utilizan.

Una plaza pensada para el presente y el futuro
La transformación de la Plaza Mayor de Viladrau demuestra cómo la arquitectura puede actualizar un espacio cargado de significado sin renunciar a su identidad. La nueva organización del tráfico, la horizontalidad de las plataformas, las conexiones accesibles, el escenario, el agua y el mobiliario configuran un lugar preparado para diferentes formas de encuentro.
Más allá de su geometría, la intervención recupera una idea fundamental del espacio público: su valor reside en la capacidad de reunir a las personas. Una plaza cobra vida cuando ofrece oportunidades para detenerse, conversar, celebrar y sentirse parte de una comunidad.
En Viladrau, la arquitectura acompaña esta vida compartida mediante un equilibrio entre funcionalidad, identidad y experiencia sensorial. El resultado es un espacio contemporáneo que mira hacia el futuro sin perder el vínculo con el lugar al que pertenece.